“Desconectarse” es una de las palabras más escuchadas durante el verano, cuando se habla de las esperadas vacaciones. Todos ansiamos dejar de lado las actividades que consumen la mayor parte de nuestro tiempo durante el año para dedicarnos, aunque sea durante algunas breves semanas, exclusivamente a descansar junto a nuestras familias.
Sin embargo, esa “desconexión” es sólo en términos laborales, ya que, de una u otra manera, seguimos conectados. Cada día es más frecuente que viajemos junto a nuestro notebook o que nos demos el tiempo para revisar nuestro e-mail o que mantengamos nuestro celular encendido.
En realidad, lo anterior no tiene nada que ver con una “adicción por el trabajo”, sino con la condición misma de la tecnología, que es paulatinamente más invisible, omnipresente y necesaria. El mundo virtual, de hecho, tiende a parecerse crecientemente al mundo real, pero con la cualidad de condicionar mucho de lo que acontece en éste. Se trata de un mundo en donde existimos como bits, interactuamos como bits e incluso podemos ser víctimas de delincuentes que, aunque estén a miles de kilómetros de distancia, pueden igualmente atacarnos en cualquier momento.
Curiosamente, la omnipresencia de la tecnología es su mayor virtud y, a la vez, su mayor amenaza para el presente y sobre todo el futuro, individual y colectivamente hablando, ya que esta era basada en las redes y los chips, que nos facilita la vida en muchos aspectos, nos hace paulatinamente más frágiles.
Somos más frágiles porque sin la Red no podemos realizar nuestras labores cotidianas, sin sistemas no podemos hacer compras, ni pagar servicios o acceder a la información que requerimos. Somos más frágiles porque nuestra privacidad pasa a segundo plano en el mundo virtual, pudiendo cualquiera obtener un perfil bien acotado de nosotros y reconstruir nuestros pasos a partir de nuestras huellas en Internet y los sistemas transaccionales.
¿Le suena exagerado decir que nos hacemos más frágiles? No lo es. Quienes hoy tienen menos de 25 años lo saben perfectamente: han crecido de la mano de la tecnología y no conciben que sus celulares, sistemas de mensajería y conexión a la Red no estén disponibles aunque sea por breves minutos. Por eso, si hoy la ausencia de la tecnología nos resulta, en cierta medida, algo perturbador, en el futuro será mucho más que eso, porque podría afectar severamente nuestra vida cotidiana.
En efecto, en algunos años, cuando todos llevemos un chip bajo la piel –como predicen algunos expertos– y todos los artefactos estén interconectados, será una verdadera catástrofe la detención o fallas en los sistemas. Podría generarse una reacción en cadena que nos impedirá desplazarnos durante ciertos lapsos, debido a que nuestros vehículos no podrán realizar transacciones con los sistemas externos y operar normalmente.
En un escenario como el descrito, nosotros mismos podríamos vernos parcial o totalmente impedidos de ingresar a nuestros trabajos, oficinas e incluso a nuestros propios hogares, ya que los sistemas de seguridad no nos identificarán correctamente. Al mismo tiempo, los artefactos podrían verse descontrolados y generar errores que nos provoquen nuevos dolores de cabeza.
Aunque algunos siempre consideran a estos temas como futuristas, es un hecho que hoy hay que tomar nota de esto. Ya somos en gran medida dependientes de la tecnología. Y lo notamos: mientras vemos diariamente cómo aumenta el nivel de tecnologización, se nos va haciendo progresivamente más difícil desconectarnos. Tenemos una sensación de aislamiento, de que algo nos falta.
Incluso si optamos voluntariamente por la “desconexión”, lo hacemos pensando en que es algo momentáneo, porque tenemos la convicción de que la tecnología siempre estará allí, disponible y a nuestro alcance cuando queramos volver a ella, en nuestra casa, nuestro trabajo…y también –por qué no– mientras paseamos frente al mar…
Aníbal Flores C.
Gerente General
CIENTEC.