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DESMITIFICANDO LA INTELIGENCIA ARTIFICAL

"El cerebro es un solucionador inteligente de problemas, de modo que imitemos al cerebro". Esta fue la frase con la que muchos investigadores, comenzando por Norbert Wiener, creador de la cibernética, tomaron como base para desarrollar sistemas que pensaran por sí mismos.

Independiente de la vasta literatura y cartelera cinematográfica que hay al respecto, la denominada "Inteligencia Artificial" (IA) es mucho más que Terminator, The Matrix o el niño sustituto de la película de Spielberg. Las investigaciones serias conllevan a crear aplicaciones mucho más sencillas para la vida cotidiana o áreas que benefician al ser humano como la medicina, la ingeniería y la criminología.

La mayoría de estas innovaciones se basan en los denominados "sistemas expertos" que se programa con millones de variables ante determinados casos. Pero la gran diferencia radica en que "aprende" en la medida que se le van presentando ciertas situaciones. Mientras ese aprendizaje sea más fino y las decisiones más certeras, se logra un mejor grado de inteligencia.

El primer sistema experto fue el denominado Dendral, un intérprete de espectrograma de masa construido en 1967, pero el más influyente resultaría ser el Mycin de 1974, que era capaz de diagnosticar trastornos en la sangre y recetar la correspondiente medicación. Ya en los años 80, se desarrollaron lenguajes especiales para utilizar con la Inteligencia Artificial, tales como el LISP o el PROLOG. De ahí hasta la fecha, los sistemas se han especializado cada vez más y muchos ya se ocupan en la vida cotidiana, sin que ni siquiera nos demos cuenta.

Pero, ¿está el hombre preparado para dejar que un computador tome decisiones por él? La respuesta es que en ciertas situaciones y dependiendo de la cultura de cada persona o sociedad, sí. Existe un caso claro de esta entrega de decisiones cuando por ejemplo, utilizamos el procesador de texto Microsoft World. Basta con echar a correr el corrector ortográfico y el software decide por el hombre (claro, antes le pregunta). Ejemplos de este tipo hay cientos, que van desde el comportamiento de la transmisión de paquetes bajo el protocolo de Internet (IP), hasta el manejo del tráfico aéreo en aeropuertos gigantescos como el de Miami.

Y justamente eso es lo que a veces me preocupa de los atisbos de la Inteligencia Artifical, que en ocasiones más que una herramienta, se transforme en una forma de generación de ignorancia. Tengo claro que los colegios enseñan a sumar o redactar, pero lamentablemente, cuando las personas crecen se ponen cómodas y en pos del viejo dicho norteamericano "The time is gold", no se dan el tiempo para hacer trabajar su pensamiento. Es cosa de hacer la prueba, preguntándole a un amigo: "¿cuándo es 1534 + 2285?". Lo más posible es que abra la calculadora de su PC.

No digo que dejemos de ocupar herramientas que nos ayuden a pensar, pero ojalá las decisiones importantes siempre se mantengan en las neuronas biológicas y no en lo que los padres de la IA, Warren McCulloch y Walter Pitts denominaron como "neurona artificial."

A la Inteligencia Artifical definitivamente hay que desmitificarla. Claro, podría suceder en algún momento que se volcara en contra del ser humano, pero no bajo los parámetros apocalípticos hollywoodenses, sino que nos volviera más dependientes de ciertos dispositivos o programas informáticos (que en realidad, cada vez lo somos más). Pero quizá justamente eso sea parte de nuestra evolución. Dejar tareas prácticas a las máquinas, para enfocarnos cada vez más en actividades relacionadas con la creatividad, la generación de proyectos y los sentimientos, porque difícilmente una máquina podrá imitar algo tan humano como el amor y el odio, parámetros claves en nuestro comportamiento.

Aníbal Flores C.
Gerente General
Grupo de empresas CIENTEC.